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Cristina Stolhe y Andrés Izquierdo conjuran un diálogo que comunica con el pasado y resuena hacia el futuro
(octubre – noviembre 2024)
Exposición presentada en La Carpintería, Ibiza
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Esta exposición fue el resultado de la comunión creada por el viaje de los artistas, que se convirtió en un empeño compartido. Las imágenes surgidas de esta peregrinación fueron creadas a pie, sin una dirección fija, descubriendo elementos que posteriormente adquirieron una significación extraordinaria: huesos encontrados en un vertedero ilegal, fotografiados primero e incorporados después a las esculturas; flores ofrecidas por Cristina en el cementerio de Formentera y recogidas más tarde por Andrés para incluirlas en sus obras; una cueva reflejada tanto en el color de la arcilla como en las sombras superpuestas dentro de una instantánea; y ruinas y paisajes remotos alejados del turismo masivo, que revelan la realidad estratificada de un lugar habitado en su día por fenicios, púnicos, romanos y árabes.
La obra de Cristina capturaba momentos casi inexistentes que parecían desvanecerse en el instante en que eran observados — dando testimonio de diferentes formas de habitar el tiempo. Su lenguaje fotográfico estaba marcado por una sensibilidad pictórica, intensificada por una obsesión con la textura. A través de la atención al detalle y la transformación de los objetos en paisajes, velaba lo visto enrareciendo lo obvio. Esta manera de ver se alineaba con su exploración de la isla, donde las huellas del pasado permanecían presentes pero sutilmente — casi imperceptiblemente — disfrazadas de presente.
Un sentido de anacronismo se reflejaba también en el contraste entre ambas prácticas: la inmediatez y la tecnología de la fotografía de Cristina actuaban como contrapunto y equilibrio a las obras de Andrés. Sus piezas escultóricas eran un relato de la naturaleza alquímica — aunque extractivista — de la escultura: arcilla recogida a mano en las montañas, resina de pino, huesos, aceite. Sus esculturas exploraban la trascendencia a través del movimiento, entre lo que ascendía hacia el cielo — lo que se liberaba — y lo que se hundía en la tierra — lo que se devolvía. Andrés capturaba esta tensión entre fuerzas aparentemente opuestas, articulando una experiencia de Ibiza que trascendía lo puramente corporal.
Juntos, Cristina y Andrés conjuraron un diálogo que comunicaba con el pasado y resonaba hacia el futuro. A través de sus ojos, Ibiza se convirtió en un espacio profético y casi delirante, donde la luz y la oscuridad coexistían en un equilibrio frágil y poderoso.
Artistas